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lunes, 13 de febrero de 2012

El Anticristo: ¿Qué dice la Biblia?

Exégesis y tradición en la profecía predictiva
(1 Juan 2:18,22; 4:3; 2 Juan 7)
En la tradición profética del protestantismo, ocupa un lugar central la figura del Anticristo. A decir verdad, a veces se le da más atención que al mismo Cristo, de quien es rival y remedo. En la tradición es una figura bien definida, con sólo variantes menores. Es un ser humano poseído por Satanás, de quien es agente incondicional. Hará milagros y engañará a todo el mundo. Acaparará todo el poder para establecer un gobierno mundial totalitario. Perseguirá a Israel y/o la Iglesia durante "la Gran Tribulación", que durará siete años (o tres y medio). Su aparición en el escenario histórico será la última y final expresión de toda la maldad. Al fin de la Gran Tribulación vendrá Cristo para derrotar a este Anticristo en el Armagedón, juzgarlo y establecer para siempre el reino de Dios.
Nuestra pregunta ahora es: ¿Cuán bíblica es esta conceptualización del Anticristo? Vamos a comenzar con los únicos textos que nombran al Anticristo, que son primera y segunda de Juan:
El anticristo de las epístolas juaninas. Nos ayudará tener a la mano los textos correspondientes, de la versión NVI con base en el texto original:
 1Jn 2:18s   Queridos hijos, ésta es la hora final,
                  y así como ustedes oyeron que anticristo vendría [griego, sin artículo],
                  muchos son los anticristos que han surgido ya.
                  Por eso nos damos cuenta de que ésta es la hora final.
                  Aunque salieron de entre nosotros, en realidad no eran de los nuestros...
1Jn 2:22  ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?
                  Es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.
1Jn 4:2-3   En esto pueden discernir quien tiene el Espíritu de Dios:
                  todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano [en sarkí, en carne],
                           es de Dios;
                  todo profeta que no reconoce a Jesús,
                  no es de Dios sino del anticristo.
2Jn 7         Es que han salido por el mundo muchos engañadores,  
                  que no reconocen que Jesucristo ha venido en cuerpo humano.
                  El que así actúa es el engañador [ho planos] y el anticristo [ho antijristos].
Estos pasajes no sólo son los únicos del Nuevo Testamento que mencionan explícitamente al anticristo, sino es más: son las primeras referencias al término en toda la literatura antigua conocida. Algunos expertos sugieren que Juan mismo acuñó el término en su enseñanza oral a la comunidad. Entonces estos textos deben ser el punto de referencia decisiva sobre el tema del anticristo.
Dada toda esa importancia de estos textos, su contenido es muy sorprendente. (1) Por ahí del año 95 d.C., el autor repite dos veces que ya era "la última hora", y (2) el anticristo de estos textos no se parece para nada a la figura del Anticristo de la tradición que hemos conocido. Además (3), el texto afirma que para esas fechas, a finales del primer siglo, habían surgido ya muchos anticristos. Comentemos un poco estas tres sorpresas.
(1) Que la última hora de la historia ya había comenzado hace diecinueve siglos nos puede extrañar mucho, pero es una enseñanza central del Nuevo Testamento. Según Hebreos 1:2, "en estos días finales [Dios] nos ha hablado por medio de su Hijo". "Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos" en la cruz (1P 1:19-20). "A nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos" (1Cor 10:11). No se puede presuponer que estos términos signifiquen siempre algo todavía futuro para nosotros; eso tiene que determinarse exegéticamente en cada caso. (Ver el artículo "'Los últimos tiempos' y la tradición escatológica" en este blog).
(2) Este anticristo ni establece un reino mundial ni persigue a nadie. Al contrario, es claro de estos pasajes que "el anticristo" (con artículo) es cualquiera que niegue que Jesús es el Mesías (2:22) y sobre todo que Jesucristo ha venido en cuerpo humano (4:2-3; 2Jn 7). Estos no sólo son inspirados por el espíritu del anticristo (4:2-3); ellos mismos son el anticristo (2:22; 2Jn 7). Es posible, como afirman algunos, que 2:22 incluya una negación de la deidad de Cristo, aunque el título "Cristo" ("Ungido") expresa más bien su identidad mesiánica. Entre los cuatro pasajes, lo más claro y enfático es que el autor identifica al anticristo con la negación de la plena humanidad de Jesús.
Esa herejía, incipiente en tiempos de Juan, se conoce como "docetismo", del verbo griego dokeô, "parecer" (a menudo asociado con el gnosticismo). Afirmaba que Cristo sólo parecía ser humano; sólo fingía tener hambre, estar cansado o hacer preguntas; su vida era un simulacro de humanidad. Éstos herejes, a los que alude 1 Juan, no negaban que Jesús era Dios (¡en eso eran ortodoxos!) sino que era realmente humano, como si eso fuera indigno del Hijo de Dios. Dada la gravedad de ese error, que Juan identifica como anticristo, nos incumbe preguntar si nosotros realmente creemos en la plena humanidad de Jesús, "el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido", un Cristo plenamente divino y plenamente humano. Esto nos debe llamar a mucha reflexión. Durante los siglos, y también hoy, muchos cristianos "ortodoxos" han estado negando de hecho la realidad de la humanidad de Jesús, aun cuando profesan en teoría creer en ella. ¿Existen "docetas evangélicos" hoy?
 El texto no aclara cómo, cuándo o de quién los lectores habían oído que "anticristo viene" (sin artículo) ni cómo lo entendían. Aunque el término "anticristo" en este versículo es una novedad, desde la antigüedad existían muchas tradiciones quizá relacionadas, que podríamos llamar del "Antagonista demoníaco" o del "Antagonista escatológico". Con posibles raíces en Babilonia (Tiamat) o Ras Shamra (Mot), esta figura aparece bajo infinidad de nombres: Leviatán, Behemot, Rahab, Gog, Belial, la serpiente tortuosa (Isa 27:1), las cuatro bestias y el cuernito de Daniel 7, etc. A veces ciertos personajes históricos parecen encarnar estos demonios: Senaquerib, Nabucodonosor, Antíoco Epífanes ("el desolador", Mr 13:14), Calígula, Nerón o Domiciano. Por supuesto, ninguno de ellos negaba la humanidad de Cristo.
Indudablemente, tanto Juan como sus lectores/as conocían estas antiguas tradiciones, aunque no parecen figurar muy significativamente en estas epístolas. Podría ser que Juan acuña el término independientemente, para significar anti-Mesías y anti-encarnación. Si el término "anticristo" en la frase "ustedes oyeron que anticristo viene" tiene el mismo sentido que en todos estos textos de 1 y 2 Juan, entonces significa que vendrían personas que negarían la humanidad de Jesús (anti-encarnación). En cambio, si esa frase alude al conocimiento previo que tenían ellos de la tradición del Antagonista escatológico, entonces la relación parecería ser de contradicción o corrección: el anticristo ha venido y vendrá, pero no como ustedes lo imaginaban. Dejen, les dice Juan entonces, de especulaciones apocalípticos y fíjense en los peligros que los rodean ahora.
(3) A la luz de ese sentido de "anticristo", es fácil entender en qué sentido habían surgido ya muchos "anticristos". El "anticristo personal", en este caso, no es un monstruo apocalíptico sino un falso maestro o falso profeta (2:22; 2Jn 7). En 2:19 también Juan identifica a estos "muchos anticristos": con herejes cristológicos que salieron de la comunidad (¡anticristos que habían estado en el seno de la congregación!) por negar la humanidad de Jesús y así deshumanizar al Salvador.
Esto lo confirma la historia del término y del concepto "anticristo". Los primeros escritores cristianos después del Nuevo Testamento, conocidos como los padres apostólicos y los apologistas, emplean el término sólo en el mismo sentido juanino de negar la humanidad de Jesús (Ign Fil 7:1). Aun los pasajes que describen un Adversario al final de la historia, como Didajé 16:4 y Bernabé 4:1-5, no lo llaman "anticristo". Ireneo interpreta el "666" como el imperio romano, pero lo atribuye a la bestia, no al anticristo. La doctrina tradicional aparece por primera vez en Hipólito de Roma, De Cristo y Anticristo (ca. 220 d.C.). Sin embargo, la tradición siguió siendo muy flexible y el anticristo no era siempre personal, como tampoco lo es en 1 Juan. En el siglo V el anticristo se identificó con al arianismo y en la edad media y la Reforma con el papado. 
Conclusión sobre las epístolas juaninas: Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término "anticristo" a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término "anticristo" de los sobretonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los "anticristos" presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un "Anticristo" final de quien este pasaje no habla.
El "anticristo" en el Apocalipsis, ¿dónde está? Casi todos los comentaristas de 1 Juan o del tema "anticristo", frente a las extrañas ambigüedades de los textos juaninos, terminan con la misma salida: "El anticristo es idéntico con la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses" y nos remiten a esos pasajes. Pero no basta afirmar esa correlación de textos a priori; esas supuestas correlaciones tienen que examinarse y probarse. Ahora nos toca, entonces, esta pregunta: ¿Son realmente idénticos el anticristo de las epístolas juaninas, la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses? ¿Se refieren todos realmente a un mismo "Anticristo" personal?
A primera vista parecería que no son idénticos, pues el único anticristo que presenta el Nuevo Testamento no establece un reino mundial ni persigue a la iglesia, y ni la bestia ni el Malvado niegan la humanidad de Jesús. Pero veamos estos textos con más cuidado para aclarar más este tema.
La segunda mitad del libro del Apocalipsis gira alrededor de un largo drama, que podemos llamar "el drama del dragón" (Ap 12-13; 17-20). Este emocionante relato, con impresionantes cualidades teatrales, sólo puede entenderse bien mediante un análisis narrativo, pues enseña verdades por medio de un relato. Por eso, sólo después de analizarlo narrativamente, como historia que es, debemos preguntarnos por posibles referentes externos al relato mismo. Algunos de estos últimos son obvios y ayudan a entender el relato, pero la identidad de la mayoría de los detalles narrativos no es obvia. Una concentración de atención en los referentes externos no debe interrumpir el fluir narrativo de esta historia simbólica.
En el capítulo 12 una mujer majestuosa, parturienta, aparece frente a un dragón (la antigua serpiente) que espera con el agua en la boca para devorar al niño apenas nazca. Pero al instante de nacer, el niño (el Mesías) es arrebatado al cielo, al trono a la derecha de Dios. Frustrado, el dragón trata de capturar al niño, pero el arcángel Miguel le sale al encuentro, le administra una tremenda derrota y lo lanza a la tierra. ¡Segundo fracaso! Entonces el dragón intenta vengarse con la mujer, madre del niño, pero a ella le salen unas alas y se va volando, fuera del alcance del dragón. ¡Tercera derrota! Entonces, furioso, el dragón abre su boca y vomita un gran río de veneno para tratar de ahogar a la mujer, pero la tierra abre la boca suya, traga ese río de veneno y la mujer queda ilesa. ¡Cuarta derrota! ¡Pobre diablo!
El dragón no acepta su derrota y fragua una nueva estrategia, formándose un equipo de trabajo. Del mar evoca una bestia con siete cabezas (13:1-10), que simbolizan a siete montes y siete reyes (17:9-10). A esta bestia el dragón le da su trono y gran autoridad (13:3), por lo que la gente adora a la bestia, y así al dragón que la puso en el trono (13:4). Esta bestia habla blasfemias y hace guerra contra los santos. Después el dragón saca de la tierra otra bestia, con cara de cordero, que hace milagros y promueve la adoración de la primera bestia.
Cae la cortina y cuando se levanta aparece una ramera que está borracha con la sangre de sus víctimas (17:6) y a su vez ella emborracha al mundo entero con sus lujos y su poder (17:2). Su nombre es Babilonia y simboliza la ciudad que está reinando sobre toda la tierra en ese tiempo (17:18, obviamente Roma). Pero sus propios aliados se vuelven contra ella, la desnudan y la queman (17:16), de modo que la última figura en entrar es la primera en salir del escenario. Después de una larga celebración de la caída de esa ciudad corrupta (18:1-19:8), sigue la gran batalla final, conocida como Armagedón (16:16), en que el dragón pierde a sus dos aliados, las bestias que organizó para ser su equipo de desgobierno (cap.13), y Dios las lanza al lago de azufre y fuego (19:20). De ese modo, los segundo y tercero en entrar lo son también en salir. Ahora el dragón está sólo, igual que al final del capítulo 12, pero Dios, en vez de echarlo también al lago de azufre y fuego, le da una larga sentencia de prisión preventiva (20:2-3). Terminada la sentencia, Dios suelta al dragón y éste sale de nuevo a engañar a las naciones y provocar otra guerra, ahora con sus nuevos aliados, Gog y Magog. Marchan hacia el campamento de los justos, pero cae fuego sobre todos ellos (20:7-9). El dragón y todos sus aliados son echados al lago de fuego y azufre, donde ya estaban las dos bestias (20:10). Cae el telón y ha terminado el drama. ¡El Fin!
¿Está el Anticristo en el Apocalipsis? El anticristo nunca se menciona en este libro, y menos en el sentido que tiene en las epístolas juaninas. ¿Pero podría uno de los cuatro personajes de este drama corresponder a la figura tradicional del Anticristo? Esa es la correlación que se suele hacer. Sin embargo, no puede ser el dragón quien cumpla el papel de Anticristo, porque éste se identifica como Satanás mismo, el diablo, la antigua serpiente (12:9). La primera bestia, con sus siete cabezas, que son siete montes y siete reyes, no es una persona; simboliza a un sistema, que con toda probabilidad es el imperio romano, mientras el Anticristo tradicional se concibe como personal, no como un sistema o un imperio. La segunda bestia, conocida en adelante como el falso profeta, tiene algunas características del Anticristo (hace milagros, engaña y oprime), pero él no se cree Dios sino promueve la adoración a la primera bestia. En último lugar, la ramera (alias Babilonia) no puede ser el Anticristo porque es una ciudad (17:5,18).
Además, es necesario tomar muy en cuenta el contexto histórico del Apocalipsis. Juan de Patmos es pastor de siete congregaciones, y algunos están fuertemente tentados a participar en el culto al emperador. Por eso, los cuatro personajes del drama tienen un carácter mucho más político y económico (anti-imperialista) que el anticristo de primera de Juan o de la tradición escatológica. Podemos concluir que el anticristo, tanto según primera de Juan como según la tradición teológica, no aparece en el Apocalipsis. Por eso debemos ser fieles al lenguaje propio del Apocalipsis mismo y no de otras fuentes, y hablar de la bestia y su ministro de propaganda (el falso profeta), de la ramera que prostituye con injusticia el poder y la riqueza, de los jinetes de los cuatro caballos, etc, pero no del Anticristo, porque él no está (ni con minúscula ni con mayúscula) en el Apocalipsis.
El Anticristo y el Malvado de 2 Tesalonicenses 2:1-12: Este es el pasaje del Nuevo Testamento que más se acerca al concepto del Anticristo de la tradición. De nuevo es importante el contexto. Algunos tesalonicenses estaban creyendo y enseñando, hasta con profecías, que la venida de Cristo estaba inmediata. Pablo les exhorta a "no perder la cabeza" (2:2) y explica que antes de venir el Señor tiene que aparecer "el hombre de Maldad" (2:3). El texto reza como sigue:
 Ahora bien, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo
     y a nuestra reunión con él,
les pedimos que no pierdan la cabeza
ni se alarman por ciertas profecías,
     ni por mensajes orales o escritos supuestamente nuestros,
que digan, "¡Ya llegó el día del Señor!".
No se dejen engañar de ninguna manera,
porque primero tiene que venir la rebelión contra Dios
     y manifestarse el hombre de maldad [ho anthôpos tês anomias],
        el destructor por naturaleza  [hijo de ruina, apôleia].
Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios
     o es objeto de adoración,
     hasta el punto de adueñarse del templo de Dios [sentarse en el templo]
        y pretender ser Dios.

¿No recuerdan que ya les hablaba de esto cuando estaba con ustedes?
Bien saben que hay algo que detiene a este hombre,
     a fin de que él se manifieste a su debido tiempo.
Es cierto que el misterio de la maldad [tês anomias] ya está ejerciendo su poder;
pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.
Entonces se manifestará aquel malvado [ho anomos, "el Sin-ley"]
a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca
    y destruirá con el esplendor de su venida [epifaneia tês parousias autou].
cuya venida [parousia] es por obra de Satanás,
     con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos.
Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad
y así ser salvos...
Este texto tiene dos conceptos en común con 1 Juan 2:18: en ambos casos el autor recuerda a los lectores de enseñanzas previas y ambos pasajes destacan la realidad de la acción presente, no sólo futuro, de la fuerza maligna. Todo lo demás es radicalmente distinto. El contexto y propósito de este pasaje no se parece al de 1 Juan. Para refutar a los falsos maestros que anunciaban una venida pronta de Cristo, este pasaje insiste en la anterioridad de la parousía del Malvado a la parousía de Cristo. Este tema, fatal para el dispensacionalismo pre-tribulacionista, no aparece en 1 Juan ni tendría sentido en ese contexto. Además, el Malvado de 2 Tesalonicenses se opone a Dios mismo más que a Cristo; estrictamente no es antijristos sino antitheos (cf. 2:3, "la apostasía contra Dios"). A diferencia de los "muchos anticristos" de 1 de Juan, el Malvado aquí es único y parece ser personal.
El Malvado de este pasaje tiene tres títulos, pero "Anticristo" no es ninguno de ellos. Uno es "el hombre de maldad" (2:3, ho anthôpos tês anomias) o más escuetamente "el Malvado" (ho anomos, "el Sin-ley"). Él encarna la rebelión contra Dios y su ley. Además es "el hijo de destrucción" (ho huios tês apôleias, ruina). Este ttítulo puede significar que es "el destructor por naturaleza" (NVI) o que está destinado para destrucción (cf. el término similar, "hijos de ira").
Un simple desglose de las actividades del Malvado subrayará la gran diferencia entre este Malvado y el Anticristo de la tradición. El Sin-Ley promueve la apostasía, una rebelión contra Dios. Él mismo se opone en todo contra Dios (2:4); se sienta en el mismo templo y se hace pasar por Dios (2:4). Se manifestará a su debido tiempo, pero hay algo y alguien que retienen su venida (2:6-7). No obstante, la fuerza del misterio de su maldad está ya presente y activa (energeitai) en milagros y señales falsos que realiza, con los que engañará a los que no aman a la verdad. Pero al final vendrá Cristo y destruirá al Malvado con el soplo de su boca y el esplendor de su gloriosa parousía.
¿Hay base exegética para identificar a este Malvado con el Anticristo tradicional? No aparece ese título en 2 Tesalonicenses (ni ningún otro pasaje) y las acciones y pecados de los dos son muy distintos. El pasaje parece tener algunas referencias a autoridades romanas de la época (especialmente Calígula y quizá Nerón como un segundo Calígula) y detalles inexplicables que hoy no se pueden entender. Pero faltan elementos indispensables del perfil del Anticristo de la tradición escatológica: este Malvado no organiza un gobierno mundial, tema central de esa tradición, ni persigue a nadie (ni a judíos/as ni a cristianos/as, según una lectura cuidadosa del texto). El relato de la destrucción del Malvado por el soplo y el esplendor de la venida de Cristo tiene también ciertas incongruencias con los relatos de una batalla final (Armagedón) en el Apocalipsis (14:20; 16:13-16; 19:11-21; cf. 17:16; 20:7-9), que dificulta también el intento de homologar a este Malvado con el Anticristo.
Conclusión: ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término "anticristo". Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del "Anticristo'" distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos.
En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor.
 Y en general, nos haría mucho bien hablar más de Cristo y menos del "Anticristo".

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