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jueves, 22 de noviembre de 2012

LA MUERTE Y EL PODER DEL IMPERIO—1 TESALONICENSES 4:13–18


LA MUERTE Y EL PODER DEL IMPERIO—1 TESALONICENSES 4:13–18

 

Ante la tristeza de los creyentes tesalonicenses por el martirio de algunos de su iglesia, los apóstoles les escriben consolación, asegurándoles que en la parusía del Señor Jesús los muertos en Cristo resucitarán y ocuparán un lugar privilegiado en la procesión que saldrá a recibir al Rey en las nubes y luego acompañarle en su llegada a la tierra en triunfo sobre todo poder. Los creyentes deberían usar esta enseñanza para ministrar unos a otros.

Palabras clave: 1 Tesalonicenses, consolación, esperanza, muerte, parusía, arrebatamiento

LOS TESALONICENSES ANTE LA MUERTE Y EL PODER DEL IMPERIO

1 Tesalonicenses 4:13–18 responde a una inquietud profunda: ¿Qué pasará con los muertos en Cristo? Aparentemente entre la fundación de la congregación y la misión de Timoteo a Tesalónica (3:1–6) algunos hermanos habían fallecido, lo cual era causa de mucho luto (4:13) y motivó a los apóstoles1 a animarlos a que se consolaran unos a otros con la enseñanza sobre la venida del Señor y la resurrección (v. 18).

Es posible que la causa de las muertes fuera la persecución. Una y otra vez en la carta Pablo trata el tema del sufrimiento, ya que la persecución que se levantó durante su estadía en Tesalónica (Hch. 17:1–10) no terminó después de su salida. Cuando estaba con la iglesia les enseñaba repetidas veces acerca del sufrimiento que iban a enfrentar y ahora les recuerda lo que les había dicho: “Cuando estábamos con ustedes les advertimos que íbamos a padecer sufrimientos. Y así sucedió” (3:4).2 Desde el inicio de su encuentro con el evangelio conocían la persecución, y, como ahora señalan los apóstoles, “se hicieron imitadores nuestros y del Señor cuando, a pesar de mucho sufrimiento, recibieron el mensaje con la alegría que infunde el Espíritu Santo” (1:6), y “siguieron el ejemplo de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea, ya que sufrieron a manos de sus compatriotas lo mismo que sufrieron aquellas iglesias a manos de los judíos (2:14)”. Luego agregan que el Señor sufrió hasta la muerte: “Éstos mataron al Señor Jesús y a los profetas” (2:15). De modo que, el martirio del Señor y de varios miembros de las iglesias de Judea (cp. Hch. 22:4; 26:10) bien podría haber sido el destino también de algunos en Tesalónica (cp. también Ro. 8:35–36). Aunque no lo podemos probar a ciencia cierta, probablemente “durmieron” como Esteban “durmió”, por el martirio (1 Ts. 4:13 VRV; Hch. 7:60 VRV).

Los tesalonicenses habían abrazado el evangelio anti-imperial y estaban sufriendo por su lealtad a “otro rey” llamado “Jesús”.3 En su correspondencia con ellos Pablo llama el mensaje que les había predicado εὐαγγέλιον, palabra que comúnmente traducimos como “buenas nuevas” o “evangelio” (1 Ts. 1:5; 2:4, 8, 9; 3:2; 2 Ts. 1:8; 2:14). En aquel entonces este sustantivo y el verbo afín εὐαγγελίζομαι se usaban de las noticias de victoria en guerra, lo dicho por un oráculo o aun las buenas nuevas de una boda.4 En la Septuaginta el participio se usa del anunciador de la salvación y el reino de Yahvé que resultan en el retorno del exilio (Is. 40:9; 52:7), y de estos temas se hace eco en Salmos de Salomón 11 y en Qumrán (11QMelquisedec 2.15–25).

En Tesalónica, ciudad que celebraba el poder imperial por su templo dedicado a Julio César y el “hijo del dios” Augusto, εὐαγγέλιον sonaba en los oídos de los habitantes como las “buenas nuevas” del culto imperial que exaltaba al emperador como el soberano, pero también como dios y salvador. Hace casi un siglo Adolf Deissman argumentaba que este término, tan común en el Nuevo Testamento, se empleaba en el culto imperial. Deissman cita una inscripción dedicada a Augusto: “Pero a causa de él, el cumpleaños del dios era el inicio de las buenas nuevas (εὐαγγέλιον) que tenían a él por autor”.5 La proclamación del imperio de Augusto también era εὐαγγέλιον.6 No era mero anuncio, sino que tenía eficacia para realizar lo proclamado. Es decir, venía con poder (cp. 1 Ts. 1:5).7 Las buenas nuevas celebraban la virtud y la beneficencia del salvador “que puso fin a la guerra y estableció todas las cosas”, como reza otra inscripción dedicada a Augusto.8 Lo que se esperaba de los que oyeran las buenas nuevas era fides (en latín) o πίστις (en griego), lealtad al poder imperial. Con esta lealtad uno podía cobijarse bajo el fides/πίστις o protección del emperador, el benefactor supremo.9

La conversión de los tesalonicenses significaba un cambio de lealtad de su parte: respondieron en πίστις “fe” al evangelio de Jesucristo (1 Ts. 1:5–6; 2:9–10; 3:2; 2 Ts. 2:13–14; cp. 2 Ts. 1:8). Este cambio les trajo persecución de parte de sus compatriotas (1 Te. 2:14), incluyendo el martirio de algunos miembros de la iglesia. ¿Qué podía Pablo escribir ante el luto en la iglesia de Tesalónica? ¿Qué mensaje de consolación sería adecuado en una situación tan desesperanzadora? ¿Y qué les pasaría a los muertos, siendo que no estarían presentes en la tierra para participar en la gloriosa victoria del Señor Jesús en su parusía (1 Ts. 1:10; 2:19; 3:13)? 1 Tesalonicenses 4:13–18 responde resaltando la soberanía del Señor Jesús no solamente sobre la muerte sino también sobre cualquier autoridad. No pretende satisfacer una curiosidad especulativa en cuanto a los acontecimientos de los últimos tiempos, sino animar a aquellos que enfrentan el dolor más profundo que el ser humano puede experimentar y dar respuesta al problema del conflicto entre la proclamación del evangelio y la muerte de los cristianos.

LAS CARTAS DE CONSOLACIÓN

La carta de consolación era un género literario bien conocido en la antigüedad. En su discusión de los varios tipos de cartas Demetrio explicaba:

La carta de consolación es el tipo que se escribe a aquellos que están afligidos (ἐπὶ λύπης) porque algo angustioso les ha sucedido. Es como lo siguiente: “Cuando oí de las cosas terribles que experimentaste a causa del destino ingrato, sentía yo el más profundo dolor, considerando que lo acontecido no te sucedió a ti más que a mí. Cuando vi todas las cosas que asaltan la vida, todo aquel día lloraba sobre ellas. Pero me di cuenta que tales cosas son la suerte común de todos nosotros, y que la naturaleza no establece ni un tiempo particular ni una edad en que uno tiene que sufrir determinado problema, sino que frecuentemente nos confronta secreta, desgarbada e inmerecidamente. Puesto que no estoy presente para animarte (παρακαλεῖν), decidí hacerlo por carta. Llévate lo sucedido tan ligeramente como te sea posible, y exhórtate a ti mismo como exhortarías a otro. Porque sabes que con el tiempo la razón te hará más fácil encontrar el alivio para tu pena”.

Stowers identifica seis temas característicos de estas cartas de consolación: 1) la muerte es inevitable; 2) la muerte es el destino de todos, sean reyes o mendigos, ricos o pobres; 3) el honor y la memoria de la persona sobreviven su muerte; 4) la muerte libera al difunto de los males de la vida; 5) el funeral y la tumba son un gran honor para los difuntos; y 6) la muerte no tiene tanta importancia porque la persona deja de existir o pasa a un estado de existencia más feliz.11

La consolación que los apóstoles escriben a los tesalonicenses incluye varios elementos tradicionales, como el llamado a minimizar el luto (v. 13), la necesidad de consolación mutua (v. 18) y la explicación de un destino feliz para los difuntos (vv. 14–17).12 Pero a diferencia de las cartas de la época ya mencionadas, Pablo y su equipo basan su consolación en la resurrección de Jesús y su poderosa parusía, y así presentan un contrapunto al poder y el evangelio imperiales. Su resurrección es el triunfo sobre el poder opresor del Imperio romano y, además, es el paradigma para el creyente que ha fallecido (v. 14). Al momento de la venida de Cristo los muertos resucitarán y, en compañía con los vivos, serán arrebatados para estar siempre con el Señor en su triunfo (vv. 15–17).

LA CONSOLACIÓN APOSTÓLICA

1 Tesalonicenses 4:13

La primera oración de la consolación—“no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto”—indica que el destino de los difuntos cristianos era uno de los vacíos clave en la fe de los tesalonicenses (cp. 3:10). La preposición περί “acerca de” (VRV) sugiere que los apóstoles aquí responden a una inquietud que los tesalonicenses les han comunicado (véase el uso de περί en 4:9; 5:1; 1 Co. 7:1).

Al hablar de “los que ya han muerto” usan la expresión eufemística κοιμωμένων “los que duermen” (VRV), como también en 4:14–15, aunque no tienen reserva en denominarlos simplemente como “los muertos” también (4:16). Este eufemismo se encuentra en textos judíos, griegos y cristianos y no implica nada sobre el estado intermedio (Gn. 47:30; Dt. 31:16; 1 R. 2:10; 11:43; Is. 14:8; 43:17; Jer. 51:39; 2 Mac. 12:45; Testamento de José 20:4; 1 Enoc 100:5; Asunción de Moisés 1:15; 10:14; Jn. 11:11–14; Hch. 7:60; 13:36; 1 Co. 7:39; 11:30; 15:6, 18, 51; 2 P. 3:4),13 aunque a veces los muertos de describen de esta manera en anticipación de la resurrección (Dn. 12:2; 4 Esdras 7:32; Mt. 27:52; Mr. 5:39–42; 1 Co. 15:20). Sin embargo, a los muertos se les llama “los que duermen” en la literatura e inscripciones griegas también.14 Por lo tanto, en nuestro texto la expresión se debe entender simplemente como un sinónimo de “los muertos”, sin leer en ella un significado teológico más profundo.

La razón por la cual los apóstoles no quieren que los tesalonicenses ignoren lo que va a pasar con los cristianos que han muerto es “para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza” (v. 13). Como ya se vio, el deseo de minimizar el luto frente a la muerte era un lugar común en las cartas de consolación, y también lo era en los epigramas. Una inscripción fúnebre decía: “Madre mía, deja el lamento, no sigue de luto y no te cortes. El Hades dará vuelta a la lástima”,15 y otra exhortaba: “No estén de luto por los muertos”.16 La idea no era que la muerte fuera bienvenida, sino que la reacción humana no puede cambiar lo dictado por el destino. Plutarco reconoce en su carta de consolación a Apolonio que “de las muchas emociones que tocan el alma, la pena (λύπη), por su naturaleza, es la más cruel de todas”. Pero luego agrega que aunque la pena es una reacción natural a la muerte y no se puede ser indiferente ante ella, uno no debe dejarse agobiar por ella porque esto es contrario a la naturaleza y causa daño, es malo e indebido para un hombre diligente (Consolación a Apolonio 102.C-D). Los apóstoles, por su parte, no prohíben a los cristianos el luto ante la muerte (cp. Jn. 16:6, 20; Hch. 8:2; Fil. 2:27; cp. 1 P. 1:6; Ro. 12:15), pero quieren que su luto no sea desesperado como el de “esos otros que no tienen esperanza”. Sin embargo, la consolación para los cristianos se halla en la esperanza de la resurrección.

“Esos otros” (οἱ λοιποί) eran los no cristianos (cp. el uso de la misma expresión griega en 5:6; Ef. 2:3), denominados en el versículo anterior “los de afuera”. Aquí los gentiles inconversos son calificados como quienes “no tienen esperanza” (cp. Ef. 2:12). No es del todo cierto que el mundo gentil no supiera nada de la esperanza. Según la mitología griega antigua Pandora abrió su vasija y salieron todos los males, pero se quedaba la Esperanza (Hesíodo, Opera et dies 90–105). Varios filósofos podían hablar de la inmortalidad del alma, y ciertas religiones afirmaban una existencia después de la muerte. Las tumbas de los difuntos, tanto los enterrados como los reducidos a cenizas por cremación, tenían aperturas para que los vivos pudieran pasarles alimentos.17

Sin embargo, a nivel popular la desesperación frente a la muerte era bastante evidente. Como Hoffmann comenta:

En el ámbito cultural griego se desconoce una esperanza viva como actitud religiosa fundamental … Se estaba desesperado frente a los poderes del mal, culpa y muerte. En Sófocles el coro lanza esta queja: “Lo mejor es no haber nacido”. Séneca afirma que la esperanza designa “un bien inseguro”. Más lo que las religiones mistéricas prometían (divinización, inmortalidad) eran sueños humanos.18

Según Teócrito, “las esperanzas son para los vivos; los muertos no tienen esperanza” (Idilio IV 42). Hay inscripciones tanto en griego como en latín con la fórmula: “Yo no era, era, no soy, no me preocupa”.19 En una carta de consolación de Irene a Taonofris y Filón leemos: “Me entristecí (ἐλυπήθην) y lloré sobre el difunto como lloré por Dídimo … Sin embargo, frente a estas cosas uno no puede hacer nada. Por eso, anímense unos a otros”.20 En los epigramas de Felipe y Antípater de Tesalónica observamos un cuadro semejante. Un epigrama de Antípater dice: “Los expertos de la artrología hablan de una muerte temprana para mí, pero no me importa”, y en una inscripción que cuenta la muerte de una persona en el mar Felipe inscribe: “Dichosos son aquellos que nunca vieron la luz del sol después de los dolores de parto”.21

En parte, la falta de esperanza se debía a la creencia de que las estrellas fijaban el destino de las personas22 y los dioses eran capaces de hacerle a uno bien o mal. Comentando sobre la muerte de una mujer que acaba de dar a luz trillizos, Antípater opina: “Uno y el mismo dios tomó la vida de ella y les dio la vida a ellos”.23 La muerte está llena de tragedia e ironía y provoca gran luto.24

En contraste, aunque los cristianos en Tesalónica sentían la pena de la muerte, su luto debía estar informado por su esperanza basada en la resurrección de Cristo y la promesa de su venida, una característica fundamental de su fe (1:3; Ef. 4:4). Los apóstoles predicaban esperanza en un mundo que carecía de ella.

1 Tesalonicenses 4:14

La razón por la cual los cristianos no deben desesperarse frente a la muerte como “esos otros que no tienen esperanza” (v. 13) se encuentra en la confesión de fe fundamental de la Iglesia: “¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó?” (v. 14). En el texto griego esta cláusula no es una pregunta, sino la prótasis de una oración condicional que da por sentado la realidad de lo dicho: “Porque si [en el sentido de “ya que”] creemos que Jesús murió y resucitó …” (VRV).25 La cláusula es una repetición del credo que los apóstoles habían enseñado a la iglesia al tiempo de su fundación (cp. Hch. 17:3). La centralidad de la muerte y la resurrección de Jesús en la predicación apostólica es patente (1 Co. 15:1–11), siendo esta realidad histórica el fundamento de la fe cristiana.

Sobre este cimiento se basa la esperanza de la Iglesia en la resurrección de los muertos. Una y otra vez en la teología apostólica la resurrección de Jesús se presenta como la garantía de la resurrección de los creyentes, y tan íntimamente se relacionan estos eventos en la historia de la salvación que Pablo se atrevía a decir a los corintios que rechazar la resurrección de los creyentes era una negación de la resurrección de Cristo (1 Co. 15:12–28; cp. Hch. 26:23; Ro. 8:11; 1 Co. 6:14; 2 Co. 4:14; Col. 1:18).

Aquí Pablo y sus coautores introducen la inferencia de la muerte y la resurrección de Cristo de la siguiente manera: “Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él” (4:14b). El verbo principal ἄξει puede significar “llevar” o “traer”,26 y solamente el contexto puede determinar cuál es la opción indicada. Así, es posible que la oración quiera decir que al tiempo de la venida del Señor Dios traerá del cielo con Jesús las almas de los que han muerto en unión con él (así VRV, RVA, LBLA, Ediciones Paulinas, Pablo Besson), o que Dios se llevará con Jesús a los muertos (así BJ, NBE, NC, DHH 1990). La segunda interpretación entiende el verbo como una referencia a la resurrección (cp. NVI y DHH 1990) o a la ascensión (cp. v. 17), la cual presupone la resurrección.27

Esta segunda interpretación es de preferir porque el tema de los vv. 14–16 es cómo la muerte y la resurrección de Cristo son el paradigma y fundamento para el destino del creyente. Como él “murió y resucitó” (v. 14a), “así también Dios resucitará … a los que han muerto” (v. 14b). Empero, la resurrección del creyente no se separa de su ascensión (vv. 16–17), de modo que sería mejor adoptar la traducción literal “llevar”, que puede abarcar ambos eventos.

El v. 14 concluye señalando que la resurrección y ascensión de los creyentes, además de basarse en la resurrección de Jesús, también se realizará “con Jesús”, “en unión con él”.

 

1 Tesalonicenses 4:15

Habiendo argumentado sobre la base de la muerte y la resurrección de Cristo que los muertos en Cristo serán levantados, los apóstoles ahora elaboran esta doctrina con referencia a la enseñanza del Señor mismo. Su preocupación no es simplemente reafirmar la realidad de la resurrección de los muertos, sino explicar la relación entre este evento y el destino de los cristianos que quedan vivos al momento de la parusía de Jesús. Introducen su explicación con una afirmación solemne: “Conforme a lo dicho por el Señor” (lit., “Porque esto se lo decimos por la palabra del Señor”, cp. VRV, LBLA). Así aclaran que lo que viene a continuación es inspirado por el Señor Jesús y, por lo tanto, autoritativo para la Iglesia. Probablemente tienen en mente una enseñanza dada por Jesús mismo y transmitida en la tradición cristiana (cp. 1 Co. 7:10, 25; 9:14; 11:23–25). Los vv. 15–17 corresponden en muchos detalles a Mateo 24:29–31, 40–41, lo cual hace probable que el discurso escatológico de Jesús era la base de la instrucción siguiente. La enseñanza no se presenta en su forma original, sino que se resume y se aclara a la luz de la situación que los apóstoles enfrentan.

Al presentar la enseñanza dejada por el Señor los apóstoles comienzan con: “Nosotros, los que estemos vivos y hayamos quedado hasta la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto”. Parece que a este punto en su ministerio Pablo creía que iba a quedarse vivo “hasta la venida del Señor” (cp. 1 Co. 15:51–52), aunque admitía que no sabía exactamente cuándo sería (1 Ts. 5:1–2). Más tarde suponía que moriría antes de ese gran evento (2 Co. 4:14; 5:1), aunque creía hasta el final de su vida en su cercanía (Fil. 4:5). Esta expectativa vívida resuena a lo largo del Nuevo Testamento (Ap. 22:20), a la vez que se mantenía un agnosticismo respecto al tiempo de la venida (Hch. 1:6–7) y un antagonismo contra aquellos que trataban de fijar el momento (2 Ts. 2:1–2; 2 Ti. 2:16–18).

La expresión οἱ περιλειπόμενοι “los que … hayamos quedado” aparece una y otra vez en la literatura de la época con referencia a aquellos que han sobrevivido una tragedia que llevó a otros a la muerte, aunque la palabra no siempre tiene esta connotación. Su uso aquí implica que varios cristianos en Tesalónica habían muerto trágicamente en la persecución levantada por sus compatriotas (cp. 2:14).

Los apóstoles enfáticamente aseguran que los sobrevivientes hasta la venida del Señor (cp. 2:19; 3:13; 5:23; 2 Ts. 2:1, 8) “de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto (lit., “los que hayan dormido”, como en 4:13–14; cp. VRV)”. El verbo φθάσωμεν aparece en otros textos (Mt. 12:28; Lc. 11:20; Ro. 9:31; 2 Co. 10:14; Fil. 3:16; 1 Ts. 2:16) con el sentido de “llegar” o “venir”, pero solamente aquí en el Nuevo Testamento significa “adelantarse, preceder, llegar primero”. No obstante, este significado es bastante común en la literatura de la época.

El punto es simplemente que los muertos en Cristo resucitarán primero (v. 16b) y luego los vivos y los muertos serán arrebatados juntos para encontrarse con el Señor (v. 17). Los tesalonicenses solo entendían que los vivos tendrían el honor de salir a encontrar al Señor en su parusía real y triunfal (cp. v. 17), y los apóstoles responden diciendo que más bien los muertos serán resucitados primero y tendrán el lugar de honor en esa procesión. Estos de ninguna manera serán excluidos de la gran celebración que rodeará la parusía del Señor, y saber eso daría a los de luto gran consuelo (vv. 13, 18).

1 Tesalonicenses 4:16

En el v. 15 los apóstoles se refieren a la “venida” de Jesús como su παρουσία, un término que se usaba comúnmente de la aparición gloriosa de una deidad o de la vista oficial del emperador a una ciudad que lo honraba como una deidad. Una visita imperial era un evento de gran pompa y celebrada con suntuosos banquetes, discursos que loaban al visitante real, una visita al templo local, donativos grandes al emperador, juegos, sacrificios y la dedicación de estatuas y construcciones. Monedas se acuñaban para conmemorar el evento y a veces una nueva época se inauguraba. Los gobernantes y muchos habitantes de la ciudad salían para recibir a aquel que venía, todos vestidos con ropa especial.32

Ahora en 4:16–17 los apóstoles describen la gloria y la pompa que acompañarán la παρουσία—no del emperador sino del Señor Jesús—y aseguran que todos los cristianos, incluso “los muertos en Cristo”, participarán en el evento. Comienzan con el acercamiento del Señor: “El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero”. Es “el Señor mismo” quien “descenderá del cielo” (cp. 1 Ts. 1:10; 2 Ts. 1:7; véase también Mi. 1:3) y no simplemente uno de sus representantes, como los ángeles (los cuales, por lo menos, lo acompañan; véase 3:13).

Lejos de ser un evento secreto, la venida del Señor para resucitar a los muertos se acompañará de gran bulla.33 Primeramente, habrá una “voz de mando” (κελεύσματι), término que denota un grito o mandato que debe ser obedecido.34 Filón usaba la palabra al decir que por su “mandato” Dios podía “reunir de los extremos de la tierra a cualquier lugar que él quisiera a todos los exiliados que habitan los confines de la tierra” (De praemiis et poenis 117; cp. Mt. 24:31). Aunque nuestro texto no indica quién emite esta “voz de mando”, ha de ser Dios, cuando manda que los muertos en Cristo se levanten.

Además, retumbará “voz de arcángel”. Judas 9 nombra a uno de los arcángeles, Miguel, pero en la literatura judía del período otros nombres se mencionan al lado de este.35 Los arcángeles son los gobernantes de los ángeles o los mensajeros principales de entre ellos.36 En el discurso escatológico de Jesús los ángeles juegan un papel relevante al momento de la parusía y la reunión de todos los escogidos (Mt. 24:31), pero aquí solamente el ángel principal se menciona, el cual agrega su voz a la “voz de mando”.



Tercero, sonará la “trompeta de Dios”. La trompeta no era principalmente un instrumento musical durante esa época, sino que se usaba en contextos militares (cp. 1 Co. 14:8) y de culto. En el ejército romano nada se hacía sin que se sonara la trompeta. También se oía en las procesiones fúnebres; cuando murió el emperador Claudio las trompetas generaron tanto ruido que se pensaba que el difunto lo oiría. Pero la idea aquí no es simplemente que los muertos escucharán el sonido sino que responderán al mandato de levantarse. En el Antiguo Testamento la trompeta de Dios anuncia la venida del día del Señor (Jl. 2:1; Sof. 1:15–16) y el tiempo cuando él reunirá a los dispersos de su pueblo y les traerá salvación (Is. 27:13; Zac. 9:14–16), y la literatura judía también asocia estos sucesos con la trompeta que Dios hace sonar.38 No solo en nuestro texto sino también en 1 Corintios 15:52 la trompeta de Dios anuncia o manda la resurrección de los muertos, y en Mateo 24:31 se oye cuando son reunidos.

Por medio de estos agentes Dios da su orden y “los muertos en Cristo resucitarán”. No se trata de todos los muertos que se resucitarán, sino solo de aquellos que han entrado en una relación con Cristo antes de su muerte (cp. el concepto de morir en Cristo en 1 Co. 15:18; Ap. 14:13). Pero lo que los apóstoles quieren enfatizar no es solamente que los muertos en Cristo resucitarán, sino que lo harán “primero”. No se quedarán en sus tumbas perdiendo la oportunidad de salir a recibir al Soberano, sino que antes de dicha salida ellos se levantarán y tendrán tener un lugar de privilegio si no de preeminencia en esa gran procesión.

1 Tesalonicenses 4:17

Después de la resurrección los vivos se unirán con los resucitados y todos juntos serán trasladados en procesión para encontrar a su Rey al momento de su parusía. Este gran evento, llamado el “rapto” en la iglesia moderna (del latín, rapere) se describe en el v. 17: “Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire”.

De nuevo, los apóstoles enfatizan el orden de los eventos: “Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos…”. Como en el v. 15, los que no han muerto se describen como “los que estemos vivos, los que hayamos quedado”. Estos serán “arrebatados junto con ellos”. Es decir, se unirán con los muertos resucitados y todos juntos serán arrebatados.

El verbo ἁρπάζω “arrebatar” denota tomar algo o alguien por fuerza o violencia (cp. Mt. 11:12; 12:29; 13:19; Jn. 6:15; 10:12, 28–29; Hch. 23:10; Jud. 23) y en algunos textos neotestamentarios se usa de arrebatamientos a los lugares celestiales (2 Co. 12:2, 4; Ap. 12:5; cp. Hch. 8:39). En algunas de las descripciones del rapto de Enoc aparece el mismo verbo (Sabiduría. 4:10–11; 2 Enoc 3:1), como también en la mitología clásica (que los tesalonicenses conocían) cuando narra cómo ciertos personajes fueron arrebatados por los dioses. En todos estos relatos solamente algunos son los arrebatados, y, por lo tanto, lo extraordinario desde el punto de vista de los tesalonicenses era la promesa del arrebatamiento general de tanto los muertos resucitados como los cristianos vivos. Nunca se había contemplado en toda la historia un evento tan glorioso.

El medio del traslado para encontrarse con el Señor serán “las nubes”, las cuales son un elemento común en las teofanías (Mt. 17:5; Mr. 9:7; Lc. 9:34–35; 1 Co. 10:1–2) y también figuran en la ascensión de Cristo y de los dos testigos en Apocalipsis (Hch. 1:9; Ap. 11:12). Asimismo acompañarán al Señor en su regreso (Mt. 24:30; 26:64; Mr. 13:26; 14:62; Lc. 21:27; Ap. 1:7; 14:14–16), una realidad que tiene sus raíces teológicas en la visión de la venida del Hijo del Hombre en Daniel 7:13–14 (cp. VRV). Las nubes son el lugar del encuentro de los seres humanos con el Divino.

El propósito del arrebatamiento se plantea en la siguiente cláusula, “para encontrarnos con el Señor en el aire”. La expresión traducida “para encontrarnos”, εἰς ἀπάντησιν, es casi una frase técnica que denota la costumbre de enviar una delegación afuera de la ciudad para recibir al dignatario que venía a visitar. En Hechos 28:15 Lucas la utiliza en su relato de la llegada de Pablo y sus compañeros a Roma: “Los hermanos de Roma … salieron hasta el Foro de Apio y Tres Tabernas a recibirnos (εἰς ἀπάντησιν ἡμῖν)”. Según la costumbre en estas recepciones formales, los visitantes más la delegación luego volvieron a la ciudad (28:16; cp. Mt. 25:6, 10).

Los ejemplos de este uso de la expresión en los LXX son numerosos (Jud. 4:22; 1 S. 9:14; 13:10; 25:20, 32, 34; 2 S. 19:15, 16, 20, 24–25; 2 R. 4:26; 5:21; 8:8–9; 2 Cr. 15:2; 19:2; 28:9), y en el mundo grecorromano la costumbre es bastante atestiguada, especialmente con referencia a la llegada de personajes de alto rango político. Polibio habla de la gran pompa de estas ocasiones (5.26.8) y autor tras autor refería cómo no solamente determinados funcionarios sino también toda la población salían a recibir al emperador en su παρουσία a una ciudad. Josefo, por ejemplo, relata la salida de los ciudadanos de Roma para dar la bienvenida a Vespaciano como su nuevo emperador (quien poco antes había dirigido a las tropas romanas para aplastar la rebelión en Judea).41 Llama la atención que los del rango más alto se esforzaban para ser los primeros en recibirlo, un concepto que guarda cierta relación con los vv. 16b–17a. En estas recepciones salían los líderes de la ciudad y toda la población, incluyendo los soldados, el gimnasiarca y sus estudiantes y los sacerdotes con los objetos cultuales, todos vestir vestidos de ropa especial y guirnaldas. Cuando el dignatario entraba en la ciudad, la población le daba un gran recibimiento con canciones, gritos y sacrificios.

Cosby correctamente observa que las características de estas recepciones no corresponden una por una con la recepción del Señor por los arrebatados. Sin embargo, como el contexto aquí es la παρουσία imperial del Señor (v. 15), no se puede dudar que la costumbre de la época formaba el trasfondo de la enseñanza, si bien con ciertas modificaciones (p. ej., no se sabía el tiempo de la venida, cp. 5:1–11). Los muertos por el poder del Imperio romano serían los primeros en salir a recibir al verdadero Señor.

El lugar de la recepción será εἰς ἀέρα “en el aire”. A veces esta expresión significa simplemente “arriba” (Aquiles Tacio 7.15.3; Josefo, Antiquitates 7.327 [7.13.3]), y bien puede ser que los apóstoles no quieren decir más que esto. Sin embargo, el aire era la esfera donde habitaban los seres sobrenaturales malignos (cp. Ef. 2:2) y, según los conceptos comunes de la época, estaba “lleno de dioses y espíritus” (Plutarco, Moralia 274.B). También se creía que estaba lleno de “almas” (Diógenes Laercio 8.31–32); por contraste, lo extraordinario de la afirmación de los apóstoles es que los resucitados y los vivos, y no solo sus almas, encontrarán al Señor “en el aire”. No discurren aquí sobre cómo esto será posible, pero sabemos de sus otros escritos que Pablo esperaba una transformación de los cuerpos mortales en inmortales (Fil. 3:20–21; 1 Co. 15:35–57).

El resultado de todo este proceso de resurrección, arrebatamiento y reunión será que “así estaremos con el Señor para siempre”. Aunque el alma del creyente está “con el Señor” desde el momento de la muerte (Fil. 1:23; 2 Co. 5:6–9), la seguridad que los tesalonicenses necesitaban era que los muertos de su comunidad no estarían separados de él en su venida gloriosa y posteriormente. Lo que los apóstoles no explican aquí es dónde los arrebatados estarán “con el Señor para siempre”. Esta falta de explicación, juntamente con el trasfondo sociopolítico de la expresión εἰς ἀπάντησιν, implica que los autores dan por sentado que los tesalonicenses entenderán que Jesús continuará su παρουσία a la tierra y que los arrebatados volverán a la tierra con él. Lo acompañarán en su venida victoriosa sobre todo poder existente.

1 Tesalonicenses 4:18

El párrafo de consolación concluye como comenzó en el v. 13, con una nota pastoral: “Por lo tanto, anímense unos a otros con estas palabras”. Los creyentes tesalonicenses se habían entristecido de gran manera a causa de la muerte de algunos miembros de la congregación, pero la esperanza de que los muertos no serán excluidos de la gran reunión con el Señor les sería motivo de bastante ánimo. La verdad enseñada por Jesús (v. 15) abre la puerta al consuelo y les asegura de su triunfo final sobre todos los potestades que se oponían a ellos. El último poder del Imperio es la muerte, pero el poder del reino de Dios es mayor aún. Los apóstoles no solo consuelan a la congregación con esta enseñanza inspirada, sino que les exhortan a utilizar “estas palabras” en su ministerio “unos a otros” (cp. 3:12; 4:9; 5:11, 15). El desarrollo de la pastoral entre los miembros de la congregación era una de las preocupaciones fundamentales de Pablo, dada la situación tan difícil en la cual se encontraban. Ellos eran ministros del mensaje del reino divino venidero.

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