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martes, 10 de abril de 2012

¿CUÁL ES LA MEJOR TRADUCCION?

Cuando se han hecho muchas traducciones diferentes de la Biblia a una misma lengua, surge frecuentemente la pregunta: “¿Cuál es la mejor traducción?” Es posible que en algunos casos esta pregunta sea imposible de responder. El que una traducción se considere mejor que otra dependerá en gran medida de la clase de personas para las cuales haya sido preparada, y los fines para los cuales se pretenda utilizar.
Por ejemplo, ¿se ha preparado para personas muy educadas que quizás ya estén familiarizadas con traducciones previas, o para personas que jamás han leído la Biblia? ¿Es su fin el estudio personal o la lectura en el culto público?  A decir verdad, cuando las personas preguntan cuál es “la mejor traducción”, suelen tener dos ideas bastante diferentes en mente. Algunas estarán pensando sólo en la exactitud exegética mientras que otras estarán interesadas ante todo en la forma estilística.
Los que se acercan a una traducción buscando solamente o en primer lugar la así llamada “exactitud” o “fidelidad al original”, suelen no estar realmente tan interesados en la fidelidad que se guarde para con los textos griegos o hebreos, como en hallar una traducción que convenga con doctrinas establecidas.
Un artículo reciente que trata el asunto de “la mejor traducción” menciona que el criterio básico para juzgar una traducción es el tratamiento que esta le dé a seis doctrinas específicas, a saber, la trinidad, el nacimiento virginal, la infalibilidad verbal, la deidad de Jesucristo, la personalidad del Espíritu Santo y el regreso premilenarista del Señor. Si una traducción es clara y enfática en cada una de esas doctrinas, entonces se supone que es “la mejor traducción”. Este acercamiento, sin embargo, pone la carreta delante de los bueyes. Las doctrinas deben derivarse del texto bíblico y no los textos bíblicos de ciertas doctrinas.
Por otra parte, están los que se interesan principalmente por la forma estilística y para ellos, pareciera que el lenguaje emotivo y los elogios atractivos son los elementos que en verdad cuentan en una traducción. ¿Son bonitos los modismos? ¿Está actualizado el lenguaje? ¿Es emocionante el estilo? ¿Es moderno el formato? Tal vez se pueda responder positivamente a cada una de estas preguntas; sin embargo, quizás a veces sea puramente una manera de ponerle una gruesa capa de lustre a un pastel bastante insignificante.
Para sostener una discusión válida sobre cuál es “la mejor traducción”, el tema de verdadera importancia es la eficacia, pues esta toca todos los aspectos de una traducción: el texto, la exégesis, la estructura del discurso, el estilo, las ilustraciones, el formato, y los materiales suplementarios. Ninguno de estos aspectos puede ser ignorado si existe realmente interés por la calidad.
En primer lugar, una traducción jamás puede ser mejor que su base textual,[1] pues del texto subyacente parte toda la erudición bíblica. Los traductores del Nuevo Testamento a cualquier idioma no pueden darse el lujo de desprenderse sin considerar esmeradamente los más de 1.700 pasajes diferentes en donde hay variantes textuales significativas,[2] tal como las lista el Nuevo Testamento Griego publicado por las Sociedades Bíblicas. Estos 1.700 pasajes no representan en modo alguno la suma total de las variantes conocidas del texto griego. Se pueden hallar otras variantes en el aparato crítico del Texto Nestlé Aland (27ª edición), cuyo texto básico es el mismo del Nuevo Testamento Griego pero con un tipo diferente de aparato. En el caso del Antiguo Testamento, los traductores ciertamente desearán considerar cuidadosamente los más de 5.000 pasajes que ha estudiado y evaluado atentamente el Comité del Proyecto del Texto Hebreo del Antiguo Testamento.
Estas variantes aparecen indicadas en los informes preliminares provisionales de ese Comité. El trabajo erudito que se ha hecho recientemente sobre el texto del Antiguo Testamento ha demostrado en forma concluyente que muchas de las conjeturas populares que sugirieran los eruditos en décadas pasadas ya no se pueden considerar válidas, ni se puede tampoco justificar ya una fuerte dependencia de la versión Septuaginta.[3] Un resultado positivo del estudio de los rollos Qumrán ha sido renovar la apreciación por el texto masorético[4] y los estudios lingüísticos recientes han confirmado de igual manera, que el texto masorético no es, de ninguna forma, ni tan obscuro ni tan carente de sentido como supusieran muchos expertos. A la luz de estos desarrollos en los estudios textuales, y en vista de que los comités que trabajan en textos bíblicos no sólo son de carácter internacional sino también interconfesional,[5] ningún equipo de traducción interesado en la calidad puede darse el lujo de ignorar los problemas textuales.
La calidad en la traducción implica no sólo enfrentar los problemas textuales, sino también poner cuidadosa atención en la exégesis,[6] incluyendo el significado de las palabras, las oraciones y los discursos. La idea antigua de que el griego del Nuevo Testamento era, en forma mística, el “lenguaje del Espíritu Santo”, simplemente no ha resistido el examen de los eruditos. Se han descubierto miles de papiros de los tiempos neotestamentarios que confirman muchos usos importantes de los términos griegos.
Más aún, un estudio intensivo de la Septuaginta ha revelado que una gran cantidad de términos del Nuevo Testamento son en verdad “griego semitizado”, es decir, palabras griegas que reflejan conceptos semitas. Ya no se puede pensar que el uso neotestamentario del término griego pistis, “fe”, sea un mero asentimiento de un conjunto de doctrinas, perspectiva que era popular en la Edad Media y a la que aún se aferran algunos hoy en día. En la mayoría de los contextos, la fe debe entenderse con el sentido de lealtad y confianza. De igual modo, en muchos contextos el término griego dikaiosunê no hace referencia en primer lugar a ser declarado inocente jurídicamente, sino a ser colocado en una relación correcta con Dios.
Sin embargo, la verdadera importancia de las palabras no debe buscarse analizando el significado de las palabras como si fueran las “perlas” separadas de un collar, sino estudiándolas en el contexto.
Por ejemplo, en Juan 9.24, la expresión “dar la gloria a Dios” significa en realidad “jurar decir la verdad”. Una traducción literal, por lo tanto, puede ser muy engañosa. Los que estaban condenando a Jesús por sanar a un ciego el día sábado, no estaban exigiéndole a aquel hombre adorar a Dios: su insistencia era que dijera la verdad bajo juramento.
Algunas expresiones pueden conducir a equívocos si no se diferencia el contraste entre la estructura superficial de la sintaxis y el significado profundo que transmite una establecida mezcla de mensajes.
Por ejemplo, en Romanos 1.5, la declaración “por quien recibimos la gracia y el apostolado” puede ser doblemente engañosa. En primer lugar, el uso del verbo en primera persona del plural no se refiere a Pablo y a sus colegas, sino que hace clara referencia a Pablo solamente.
Por consiguiente, en muchos idiomas se debe traducir el verbo en primera persona singular. En segundo lugar, la frase coordinada “la gracia y el apostolado” no hace referencia a dos cosas diferentes sino a dos aspectos esencialmente diferentes de la misma experiencia: el apostolado es la gracia que Pablo ha recibido. Esta gracia debe comprenderse como el privilegio de servir a Cristo. Es por esta razón por la que varias traducciones han traducido exacta y fielmente el significado del texto griego de la siguiente forma: “Por medio de Jesucristo, Dios me ha concedido el privilegio de ser su apóstol”.
Si los traductores han de hacerles justicia a las Escrituras, también es esencial que comprendan un poco la estructura del discurso. En la primera parte de Génesis, por ejemplo, deben reconocer que los nombres “Adán” y “Eva” tienen un significado simbólico. El término hebreo transcrito “Adán” como nombre propio, tiene también el significado de “hombre” y se parece al término empleado para “tierra”.
En forma similar, el nombre “Eva” se parece al término hebreo utilizado para “vida”. Esta información rara vez o nunca se puede incluir en una traducción, y por tanto debe aparecer en notas al margen para que el texto sea correctamente entendido. El que la traducción utilice “hombre” o “Adán” en este pasaje, dependerá en gran medida de la forma en que se comprenda la significación simbólica del término.
La forma literaria característica del libro de Jonás como narración en vez de sucesión de oráculos (como es el caso de casi todos los demás libros proféticos), y el hecho de que el libro fue escrito evidentemente mucho después de la época de Jeroboam II, implica que este libro no es simplemente la historia de un gran pez o el relato de un milagro. Es más, Dios y no Jonás es realmente el héroe de esta historia. Aunque esto no se declara explícitamente en el texto de Jonás, toda introducción a cualquier traducción de este libro debe ciertamente reflejar una comprensión de la significación teológica del mismo.
El estilo es un aspecto particularmente importante en la calidad de cualquier traducción. De hecho, la excelencia estilística es quizás el aspecto que más pesa en la aceptación de una traducción. La Versión Inglesa Revisada de 1885 y la Versión Americana Estándar de 1901 fueron traducciones mucho más exactas que la Versión King James; sin embargo, su estilo era tan pesado y torpe que ninguna de ambas revisiones fue objeto de la aceptación que merecían. Por otro lado, y en gran medida a causa de su estilo vivo, la versión Living Bible tuvo una amplia aceptación, pese a sus numerosas inexactitudes y a su sesgo teológico casi obvio. Como lo comentó David E. Garland, Profesor del Seminario Teológico Bautista de Louisville, en un artículo aparecido en The Biblical Expositor and Review (Vol. 76, No. 3, 1979), la traducción que hace la Living Bible de la “justicia de Dios” en Romanos 1.16 17 en términos de “prepararnos para el cielo”, es en verdad una forma inadecuada de lidiar con este elemento vital de la teología paulina. La Living Bible casi siempre traduce el término griego genea como “nación”, implicando con ello la raza judía, a pesar de que la Versión Americana Estándar, sobre la cual evidentemente se basa la Living Bible, utiliza el término “generación”. En 2 Timoteo 2.8 se introducen frases de Romanos 1.4, y el uso frecuente de “Mesías” en lugar del título que Jesús seleccionó para sí mismo, a saber, “el Hijo del Hombre”, le resta mucho sentido a los encargos repetidos que Jesús hizo a sus discípulos de no revelar su papel mesiánico.
Pero el estilo no puede tomarse como una forma literaria fija a la cual una traducción deba adherirse. Hay diversos niveles de estilo, aunque en la mayoría de los idiomas hay tres niveles básicos: primero, el nivel coloquial y popular de cada día, el cual incluye con frecuencia las así llamadas formas subestándar del lenguaje; segundo, el estilo relativamente alto y literario, que suele gustar mucho para el uso litúrgico; y tercero, un nivel entre estos dos anteriores, el así llamado “lenguaje común”, que es el empleado frecuentemente en periódicos y ensayos populares.
Un aspecto importante del buen estilo es conservar un mismo nivel a lo largo de un documento. Es el paso abrupto de un nivel de inglés profesoral a un inglés coloquial cotidiano, que incluso emplea la jerga, lo que ha provocado mucha crítica contra la Nueva Biblia Inglesa.
La calidad en la traducción debe incluir también material suplementario, en especial ilustraciones. ¿Deben las ilustraciones de traducciones publicadas de la Biblia ser esencialmente decorativas o explicativas? ¿Deben funcionar como substitutos del texto o deben guiar a las personas al texto? ¿La técnica utilizada para producir esas ilustraciones es de aficionados o profesional? ¿Refleja un estilo de arte autóctono o es fuertemente anacrónica?
Por ejemplo, ¿abandona el hijo pródigo su casa rumbo a un país extranjero pavoneándose en un caballo o manejando un Mercedes Benz? Uno de los verdaderos problemas relacionados con las ilustraciones bíblicas es que con frecuencia estas tienen poco o nada que ver con el texto en sí. Atraen la atención, ¿pero hacia qué? ¿Y con qué fin? Hay abundantes evidencias de que el valor de las ilustraciones es importante, pero demasiadas veces estas parecen haber sido seleccionadas con el único propósito de romper la monotonía de las páginas mecanografiadas.
En las discusiones en torno a la calidad de las traducciones, se suele olvidar completamente el asunto del formato, incluso a pesar de que el hacer párrafos es un aspecto importante para mostrar la estructura del discurso. Los títulos de las secciones (que deben identificar pero no explicar el contenido) son particularmente útiles para que los lectores reconozcan los límites importantes de los discursos incluidos. Los pasajes verdaderamente poéticos deben ser traducidos en poesía, y de serlo, el formato debe reflejar la manera en que se imprimiría normalmente la poesía en el idioma receptor. Se acepta en general que mucho del Antiguo Testamento fue escrito en forma poética, y los traductores suelen utilizar el formato de la poesía en los pasajes que cita el Nuevo Testamento, pero incluso algunos pasajes del Nuevo Testamento parecen tener un carácter litúrgico importante, por lo que bien podrían imprimirse en formato poético. Filipenses 2.6 11, por ejemplo, refleja evidentemente un credo ancestral. Su estructura verbal sugiere sin duda una serie de afirmaciones que se pueden reproducir en formato poético de líneas primarias y secundarias.
La calidad en la traducción también debe incluir elementos suplementarios tales como notas al margen, glosarios, índices, tablas de pesos y medidas, y mapas. Pero todos estos elementos deben ser parte integral del todo; no deben ser adjuntados como una idea tardía cuando la traducción del texto ya se ha completado. La aceptación e influencia de una traducción después de un período de años está en relación directa con su calidad. Ninguna publicidad o promoción reemplaza, a la larga, la excelencia de un producto. Con todo, la calidad en la traducción no debe ser jamás la motivación para enfrentar a la competencia o para adquirir un lugar en el mercado. Debe ser motivada solamente por un deseo sincero de provocar e instruir al lector. El éxito de una traducción debe medirse en última instancia por la cantidad de tiempo que las personas pasarán leyéndola y por cuán exactamente les revele a los lectores las verdades que contienen las Escrituras, verdades que les serán de iluminación y bendición. La motivación para una traducción de calidad es en esencia, la misma motivación que impulsa a los cristianos a compartir las Buenas Nuevas con familiares, amigos, vecinos y otras personas en todo el mundo.




[1] Se entiende por base textual los manuscritos originales, hebreos y griegos contenidos en las ediciones críticas más conocidas, USB 4ª Ed, NA27, BHS.
[2] Las variantes textuales son aquellas diferencias que existen entre los diferentes manuscritos cotejados conocidos que se sustentan en los idiomas originales bíblicos.
[3] La Septuaginta a la traducción del texto Hebreo al idioma griego conteniendo todo el AT.
[4] El Texto Masorético es el texto hebreo (AT) consonántico al cual se le añadieron vocales.
[5] Que provienen de distintas denominaciones o confesiones cristianas.
[6] Procesos metodológicos de interpretación bíblica.

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